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Obras - Inadi

O la flotación intermitente del lenguaje visual.

En las obras de Gabriela Salgado destaca el delicado y sutil empleo de transparencias e indefiniciones. Las estructuras orgánicas –tallos, hojas y flores- son tratadas de manera difusa y espiritual, tan colmada de éter como de cierta sensibilidad fluida suavemente emparentada a las acuarelas.

Las formas vegetales parecen flotar, ejercitando la suspensión inmaterial, permitiendo visualizar el carácter poroso e intangible de la levitación. Si debiésemos señalar las cualidades del aire respirable no dudaríamos de adjetivarlo de místico. En efecto, no sólo es lírico; es, ante todo, invisible, religado, propio al sueño profundo, quizá al soplo que alberga todo aliento vital.

Intensos movimientos acompañan los respiros neumáticos de estas formas poéticas, generalmente azules, plasmadas en platos o en fragmentos de los mismos. Son entidades frágiles y mediatas, empapadas de lenguajes vaporosos, sino ya abisales.

Los bailes, absolutamente aéreos, contemplan fondos compuestos por collages de hojas de revistas antiguas y combinaciones de éstas con espejos. Y aquí las imágenes adquieren otra relevancia, otro sopor donde la alquimia y el aquelarre se engarzan a mosaicos identitarios netamente terrestres e históricos.

Mas allá del explícito nexo entre lo pictórico y las problemáticas de género, identidad y memoria, deseo subrayar determinado interés tácito puesto en las palabras y en las imágenes seriadas. Quien se asome a los espejos de Salgado, y lo haga en el transcurso de los días, experimentará sensaciones intensas asociadas a la imagen del yo y del nosotros. A medida que la visión, ya decididamente arqueológica, es catalizada, se comprenderá una de las intenciones veladas de este arte, a saber: percibir que en la construcción social del sujeto intervienen palabras y series de artificios. Lo visible de cada quien no puede escindirse de los lenguajes.